﻿Descartes - Clase 3
 
El yo

En la segunda meditación Descartes arriba a ese primer principio, punto fijo y 
seguro, que estuvo buscando desde que comenzó a meditar. Es el cogito, el 
pienso, el yo-pensante. El cogito es la primera existencia de la que hay 
evidencia. Es la primera verdad, y el primer ser en el orden del descubrimiento. 
Es verdadero que pienso; si pienso existo, pero existo únicamente como 
pensamiento, y únicamente si estoy pensando. El asunto es cómo llega. Recordemos 
que habíamos quedado en el punto de la hipótesis del genio maligno, y desde allí 
arranca la segunda meditación. El meditante propone una imagen: ha sido lanzado 
al agua, no pudiendo hacer pie en el fondo ni nadar para sostenerse en la 
superficie. Es un momento en el que todas las antiguas opiniones son dubitables 
pero aún no encontró alguna verdad bien fundada. Ni en la superficie ni en el 
fondo, está en el medio.
¿Cómo pasa de la hipótesis del genio maligno a la certeza del yo? Descartes dice 
que aun cuando suponga que existe un genio maligno, es cierto que pienso. ¿Por 
qué? Porque si dudo pienso, si soy engañado pienso. Dudar, ser engañado, son 
formas del pensar. La duda toma conciencia de sí misma, de lo que es. Y entonces 
surge el grito cartesiano “Pienso”. Si dudo pienso, y si pienso soy, soy algo. 
¿Qué soy? Soy pensamiento. Y ahora da el paso que no le perdonaron: soy una cosa 
que piensa, es decir, una substancia cuyo atributo principal es el pensamiento. 
Estaba claro en la evidencia del pensamiento, e introdujo repentinamente el 
lenguaje substancialista: el yo como cosa.
Como dijimos, la hipótesis del genio maligno no pone en crisis la existencia del 
yo. Casi se diría que condujo a él. Pues si bien, en la retórica cartesiana, el 
yo parece afirmarse a pesar del genio maligno, como luchando contra él, también 
hay que pensar que se halló gracias a él. Ahora miremos el reverso de la 
situación: el yo tampoco pone en crisis la hipótesis del genio maligno. El yo es 
cierto, pero todo lo puesto en duda permanecerá así un buen tiempo. Los pequeños 
nuevos descubrimientos que Descartes irá haciendo a lo largo de la segunda 
meditación, luego del yo, no cambian en nada esa duda. Es decir que entramos en 
el solipsismo. El yo y el genio maligno “conviven”. El meditante estará 
condenado a la soledad (ausencia de cuerpo, de mundo, de otros) mientras esa 
fantasmal mala compañía se mantenga en pie. Dios, ser pleno, desplazará al 
fantasma. Será la segunda existencia conocida, el primer otro.


El mundo interno del yo

Ahora bien, el pensamiento, campo cierto, abarca muchísimas cosas. Las 
facultades –entendimiento, voluntad, imaginación, sentidos- se subsumen todas en 
el pensamiento.

“Pero, ¿qué soy, pues? Una cosa que piensa. ¿Qué es una cosa que piensa? Es una 
cosa que duda, que concibe, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, 
que también imagina y siente. Por cierto no es poco si todas estas cosas 
pertenecen a mi naturaleza. (…) Pues es de suyo tan evidente que soy yo el que 
duda, el que entiende y el que desea, que no es necesario añadir nada aquí para 
explicarlo. Y también tengo ciertamente la potencia de imaginar, / pues, aunque 
pueda suceder (como he supuesto antes) que las cosas que imagino no sean 
verdaderas; sin embargo, esta potencia de imaginar no deja de existir realmente 
en mí, y forma parte de mi pensamiento. En fin, yo soy el mismo que siente, es 
decir, que recibe y conoce las cosas como por los órganos de los sentidos, 
puesto que, en efecto, veo la luz, oigo el ruido, siento el calor. Pero se me 
dirá que estas apariencias son falsas y que yo duermo. Lo concedo; sin embargo, 
por lo menos, es muy cierto que me parece que veo, oigo y siento calor; esto no 
puede ser falso; y es propiamente lo que en mí se llama sentir, y esto, tomado 
así, precisamente no es otra cosa que pensar.”

¿Qué está diciendo? ¿Qué quiere decir que una cosa que piensa es, entre otras 
cosas, una cosa que siente? El meditante había dudado de los sentidos, en la 
primera meditación, y esa duda sigue vigente, porque sigue vigente la hipótesis 
del genio maligno. Pero entonces, ¿el sentir es cierto en qué sentido? 
Precisamente, en tanto modo de pensar, o sea, en tanto hecho del pensamiento. Lo 
que resulta dubitable –ahora aprendemos algo más sobre la primera meditación- es 
que el contenido de mis sentires, lo que siento, se corresponda con una realidad 
externa, que exista o tenga las mismas propiedades que percibo. Lo que resulta 
verdadero –está diciendo ahora- es el hecho de que siento. El contenido de mis 
representaciones, aquello que percibo, puede ser soñado, pero es cierto que lo 
percibo. Imaginemos que estamos en el cine. Miramos una película que sabemos que 
es una película que se proyecta en una pantalla. Imaginemos que acabamos de 
llegar a un país lejano, desconocido, y que nos condujeron con los ojos vendados 
directamente a ese cine. No sabemos cómo es ese país. Imaginemos que en esa 
película las personas, que se nos dice que pertenecen a ese país, están vestidas 
de un modo extraño. Mas aun no tuvimos oportunidad de salir de la sala para 
averiguar si lo que se presenta en la película es verdadero o falso. La mente 
del yo-pensante sería ese cine, o nosotros en ese cine. Se proyectan 
representaciones que el meditante sabe que son representaciones, y que deberá 
evaluar cuidadosamente si cabe que las atribuya, y hasta qué punto podría 
atribuirlas, a una realidad. Pero no corresponderlas sin más. Lo único que 
podemos decir es que es cierto que vemos la película, o que es cierto que se 
proyecta una película, que en la película las personas de ese país se visten de 
tal y cual modo, pero la película no es necesariamente cierta. Nada podemos 
decir al respecto. Claro: para el meditante no hay aun un mundo ahí afuera 
contra el cual contrastar los contenidos de las representaciones, para 
determinar si son verdaderas o falsas. Él no está cierto (a diferencia del 
“nosotros” del ejemplo) siquiera de que haya efectivamente un afuera de la sala, 
que le permita decidir la cuestión. Estamos en pleno solipsismo. En principio, 
entonces, para el meditante, las representaciones no son ni verdaderas ni 
falsas, son.
Conviene repetirlo -no hay aun evidencia de un mundo ahí afuera- sobre todo para 
comprender en sus justos términos lo que viene ahora. Porque de pronto el 
meditante se pone a hablar de la cera. La cera es un pedazo y signo del mundo. 
Es un extraño pasaje, porque Descartes llegará a determinar qué es lo que 
concibo con claridad y distinción y qué con oscuridad y confusión de la cera y, 
por extensión, del mundo externo, sin contar todavía con la certeza de que 
existe un mundo externo. Da con la esencia de la substancia extensa sin conocer 
todavía que exista otra cosa que la substancia pensante. Mejor todavía: obtiene 
la esencia de los cuerpos no siendo esos cuerpos (por ahora) otra cosa que 
representaciones del yo. Esto explica el enigmático final de la meditación, en 
que el meditante dice que, conociendo la esencia de la cera, me conozco mejor a 
mí mismo.
La cera presenta ciertas propiedades sensibles, un color, un sabor, un aroma, 
una textura, un sonido. Se la somete al fuego, y todas sus cualidades sensibles 
cambian. Sin embargo, sigo reconociendo que es la misma cera. Esa mismidad es la 
esencia de la cera, que consiste en ser algo extenso (ocupar un espacio), 
flexible (ser susceptible de cambios), y mudable (ser transportable). Estas 
propiedades son una “inspección del espíritu”; no son sensibles, sino 
entendibles. El pensamiento piensa la verdad de los cuerpos, o la verdad de lo 
que no piensa reside en el pensamiento. La cera de la colmena, sometida a la 
acción del fuego, va asumiendo diferentes propiedades sensibles, incluso 
contrarias entre sí: el color cambia, pasa de perfumada a no perfumada, de fría 
a caliente, de sólida a líquida, de sonora a sin sonido, de palpable a 
impalpable, de dulce a no tener sabor. Y lo que cambia no puede ser verdadero.
Desde mi ventana, dice el meditante, digo que veo hombres, pero estoy hablando 
mal. Debería decir que juzgo que son hombres, y este acto pertenece al 
entendimiento. Hablando propiamente, no veo hombres, sino capas y sombreros. 
Concebimos los cuerpos (cera, hombres) por la facultad de entender, y no por los 
sentidos. La ausencia de mundo ahí afuera ha llevado a Descartes a proponer, a 
todo lo largo de la segunda meditación, una modificación del habla vulgar. El 
hombre ordinario dice veo la cera, veo hombres, en lo cual presupone el 
correlato entre representación y cosa: lo que veo es cera; lo que veo es hombre. 
El meditante no llega tan lejos. Dice: me parece que veo la luz, oigo el ruido, 
siento el calor; juzgo que son hombres. Al insertar esta clase de elemento 
gramatical, el meditante asevera únicamente la verdad del acto del pensamiento 
en cuanto tal, sin pretensión de correspondencia entre el contenido de las 
representaciones y las cosas.
Dando con su esencia, el meditante parecía haberse acercado algo más a las 
cosas; ahora parece haber vuelto a alejarse. Lo que queda claro es que el 
estatus ontológico de los cuerpos externos es nulo. 
